Nuestra historia...
El caserón tenía 25 metros de fachada a la calle de La Taberna, con dos puertas y balcones en la segunda planta, y otra de 18 metros a la plaza, con balcones y un portalón por el que se accedía a un patio en el que había unos originales pesebres. En el interior destacaba, entre otras estancias, el amplio espacio de la bodega donde se alineaban 10 grandes tinajas, y una impresionante cueva con otras 12 que, según se decía, tenía más de 400 años.
Pronto los caldos que allí se elaboraban adquirieron notoriedad, especialmente un vino denso, color cereza y un pelín dulce, que se hacía pisando las uvas garnachas de las viñas del término. Se fue popularizando en la capital para degustar unas jarritas y proveerse para la semana de alguna garrafa de garnacho, de moscatel o del riquísimo vino «corriente» que se vendía a granel.
Pero el negocio de la restauración empezó cuando, con el tiempo, se definió el plato estrella: las chuletitas, acompañadas de una jarra de vino y un excelente pan cocido en la tahona familiar.
Por la vieja bodega empezó a desfilar «todo Madrid»: políticos, científicos, escritores y artistas; no había personaje importante que pisara la capital y no fuera al mesón. De las estrellas extranjeras pasaron todas; además, el productor Samuel Bronston organizaba allí sus cenas con los actores y el equipo de rodaje.
Buenos ratos pasó Ava Gardner cenando al fresco en el patio. Los toreros también iban todos, pero especial amigo de la casa era Antoñete, que dio sus primeros capotazos en los encierros de Hortaleza. Y del fútbol, el Real Madrid al completo, con Di Stéfano, Navarro, Olsen y los demás. Así se convirtió El Garnacho en el restaurante número uno en su género.